16 marzo, 2010

Escenas realistas.

Acabo de quitarme la ropa para ponerme el pijama, y he estado mirándome en el espejo, durante 23 minutos exactos, completamente desnuda. Es increíble lo maravillosamente imperfecta que me hace la cálida luz del flexo.
Sin embargo, ahora tengo los pies fríos.

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Hace ya... cuatro años que me perdí por esa plaza de Praga donde los tenderetes tienen los toldos rojos.
Sí, justo por estas fechas, estábamos en el viaje de fin de curso, y yo me obsesioné con unas pinturas que vendían en aquellos puestos. Recuerdo casi rogarle a Pedro que me comprara una de las láminas grandes, pero costaban alrededor de 50 euros.
¡50 euros por una cartulina que se me rompería si la metia en la maleta!
En las pinturas aparecían bufones, músicos, malabaristas y un aire de picardía repartido por el suelo de baldosas negras y blancas.
Al final me llevé tres láminas de los surrealismos de las calles de Praga.
Y una marioneta.

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He estado escuchando los 24 Caprichos de Paganini, uno detrás de otro. Odio que me guste la música y ser tan poco constante estudiándola.
A pesar de ello, sigo intentándolo. Supongo que algún día me daré por vencida.
Mientras, juego a arrancar notas de una viola y a pegar golpes de percusión.
Mi Minuetto en Sol Mayor para marimba hoy ha sonado de maravilla.

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He comido pasta fría con mucha cebolla mientras se calentaba la comida en el microondas.
Por cierto, mi micro está roto, no da vueltas y sólo calienta por un lado.

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Ayer saqué el cuadernito negro del bolso y esta mañana lo he estado buscando mientras iba en el metro, para escribir el cuento.
No lo he encontrado, me ha dado rabia. Y no se por qué no he sacado una hoja de la carpeta.
Recuerdo a la chica del piercing en el tragus.
Y eso que yo contaba la historia de Julia, la niña pelirroja.


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Iulian se ha escapado de alguna historia de esas que hay escondidas por la biblioteca, si no, no me explico su existencia.
Iulian es búlgaro, una mezcla entre la "Noche estrellada" de Van Gogh y la película "El señor Ibrahim y las flores del Corán".
Todos los lunes, cuando llego a la escuela y me siento en los bancos de la puerta, el sale y saca su cigarrito.
Fumamos en silencio, él es más rápido. Tira la colilla y entra.
Nunca hablamos, ni siquiera nos saludamos.
Además, estoy escribiendo un cuento sobre él.
Y es violinista.