28 enero, 2012

He muerto y he resucitado.

El mundo me come, me absorbe y a parte a mí no me apetecía demasiado escribir.
Pero he resucitado.



Te doy miedo.
No sabes si mantenerme la mirada o alejarla silenciosamente cuando nos cruzamos por los pasillos.
Te doy miedo de tal forma que quieres ser viento, para que no pueda agarrarte, tenerte conmigo.
Retrocedes cuando camino hacia tí, te pones tensa cuando me acerco y tu piel se eriza cuando me siento a tu lado, creando una especie de defensa para que no me atreva a tocarte.
Te doy miedo, pánico.
Te miro y no te sale la voz.
Te hablo y frunces los labios.
Te sueño y te despiertas.
Desapareces, huyes, te alejas.
Te doy miedo.

Pero lo mío es más fuerte.
Porque mi miedo es mucho más intenso que el tuyo, es penetrante, profundo.
Se me clava dentro.
Si imagino siquiera que estás cerca, me dan escalofríos.
No quiero olerte en el viento, ni descubrirte en los espejos.
No quiero acordarme de tí, ni leer un libro y que el protagonista tenga, si quiera, el color de tu pelo.
Si andas cerca, contengo la respiración y cierro los ojos y espero que no me veas.
Si me miras, tengo miedo.
Porque luego tiemblo.
Porque me da miedo.

4 comentarios:

Jesús Elorriaga dijo...

... con mis cenizas un árbol he plantado

S. Raló dijo...

Tanto tiempo sin mí y sólo se te ocurre decirme eso?
¬¬

Jesús Elorriaga dijo...

Que siempre me gusta saber que hay luz en tu desván. Y que la echaba mucho de menos. Tanto como a usted, mi querida abuelica.

* dijo...

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