27 septiembre, 2012

Volvemos (otra vez).

Echo de menos escribir.
Sí, sí, lo echo de menos.
Y es que así con la tontería, un médico por aquí, una clase por allá, minutos inservibles de metro y demás; ni se saca tiempo ni ná de ná.
Ni me leo un libro, ni escribo, ni saco un momentillo del que pueda decir "joe, hacía tiempo que quería hacerlo". Vamos que no hay huequitos en los que perderse y encontrarse de nuevo a uno mismo.

Así que he decidido que, de nuevo - como todos los años por septiembre - me veo en la obligación de escribir un cuentajo al mes. Y este año no valdrán trampas, ni nada por el estilo. Toca apechugar con lo que a uno le gusta. Que todos necesitamos un ratillo para nosotros mismos, aunque sea por obligación.

13 abril, 2012

Frío, cristales y cemento.

A tres metros.
Estaba allí tumbado, a tres metros.
Seguía vivo porque la máscara del oxígeno se empañaba con cada diminuto soplo de vida.
A tres metros.
Allí, con los ojos cerrados, pálido, cadavérico, con millones de tubitos saliendo de su cuerpo.
 Todo era tan blanco, tan aséptico. Daba miedo.

Suspiré. Toqué el cristal. Estaba frío, tan frío...
Tenía que entrar para relevar a mamá. Estaba allí también, dormida en la butaca de skay. Sus dedos descansaban sobre la cama, a unos centímetros de él, como para protegerle. Siempre cuidándole, siempre.

No podía entrar. Algo allí me frenaba, mis pies eran cemento.
Suspiré de nuevo y dejé una marca en el cristal. Apenas parpadeaba, les miraba, les observaba, allí, a los dos, durmiendo, el uno junto al otro, como otra noche cualquiera.
Pero no era una noche cualquiera. No estaban en la cama, roncando el uno al lado del otro, después de muchas horas dormitando en el sofá. No, no era lo mismo.

"Venga, no seas tonta"
Abrí despacio la puerta, sin ruido. Entré.
Sentí un escalofrío.
El frío era más intenso, tenía más fuerza. Se coló por debajo de mi jersey.
"No te quedes parada, idiota"
Me acerqué a la cama, arrastrando mis pies tan terriblemente pesados.

Su brazo era arterias y venas. Veia la sangre moverse, de los dedos al corazón, del corazón a los dedos.
Una vez, y otra, y otra, y otra...
Nunca le había visto tantas arrugas, ni el pelo tan blanco, ni las ojeras tan grandes, ni la boca tan seria.
No era él, era otra persona. No le conocía.
Lo observé tanto que me lo aprendí de memoria.

Rocé su mano, también fría. Y seca.
Aquello tampoco tenía que ser así, tampoco era lo mismo.

Una lágrima cayó con un ruido sordo en el borde de la cama.
Después de eso me di la vuelta y procuré no hacer ningún ruido al salir.

- ¿Se queda usted hoy con su padre?
- No hoy, no. Yo vendré mañana.

Les miré, de nuevo, cuando estaba a tres metros.
No volvería.

25 marzo, 2012

Del caprichoso dualismo.

Cuenta la leyenda que una vez, hace mucho tiempo, los dioses Apolo y Dionisio fueron juntos a un lago perdido en un mágico bosque.
Allí vivía una ninfa, una joven y preciosa ninfa.
Con sólo verla, se enamoraron loca, perdida e intesamente.
A ella le ocurrió lo mismo.
Y no quería elegir porque era ninfa y de siempre se ha sabido lo caprichosas que son las ninfas.
Pero todo en esta vida no se puede tener.
Pero ella los quería, y los quería a los dos. Deseaba que ambos fuera uno, para que un solo cuerpo la envolviera y la abrazara mientras que unos labios la susurraran palabras y canciones de amor. Pero que a la vez uno, fueran dos.
Pero no todo se puede tener.
Así que la ninfa corrió y corrió y corrió por el mundo descalza, como van las ninfas.
Y buscó la forma de unirlos en un único cuerpo.

-¿Alguna vez paró?
-Aún sigue corriendo.

20 marzo, 2012

Acápites.

"La agarró de las muñecas y la sujetó contra la pared.
Los labios de él casi tocaban la nariz de Sandra. Notaba su aliento.
-¡Suéltame!¡No te acerques a mí!- Sandra tenía las mejillas encendidas.
-¿Estás segura de que quieres que te suelte? - su voz era un escalofrío. Sus manos la apretaban con fuerza.
Sandra cerró los ojos y trago saliva. Sentía la pared fría. No, no quería que la soltara. Él la daba miedo, mucho miedo... pero no quería que la soltara.
Era su propia cuerda floja al borde del abismo."

31 enero, 2012

La princesa y el enano.

"Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con trapecistas, magos, payasos..... Pero la princesa se aburría. Entonces, apareció un enano, un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. El enano fue todo un acontecimiento.

Bravo, Bravo, decía la princesa aplaudiendo y sin dejar de reír, y el enano,contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido. "Sigue saltando, por favor" dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos.....

Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla, convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque. "Ella no es feliz aquí" pensaba el enano. "Yo la cuidaré y la haré reír siempre". El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que
lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito.

"Ah estas aquí, qué bien, baila otra vez para mí, por favor". Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. "Ya no bailará más para vos, princesa" le dijo. "¿Por qué?" preguntó la princesa. "Porque se le ha roto el corazón". Y la princesa contestó: "De ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón". 

Oscar Wilde

28 enero, 2012

He muerto y he resucitado.

El mundo me come, me absorbe y a parte a mí no me apetecía demasiado escribir.
Pero he resucitado.



Te doy miedo.
No sabes si mantenerme la mirada o alejarla silenciosamente cuando nos cruzamos por los pasillos.
Te doy miedo de tal forma que quieres ser viento, para que no pueda agarrarte, tenerte conmigo.
Retrocedes cuando camino hacia tí, te pones tensa cuando me acerco y tu piel se eriza cuando me siento a tu lado, creando una especie de defensa para que no me atreva a tocarte.
Te doy miedo, pánico.
Te miro y no te sale la voz.
Te hablo y frunces los labios.
Te sueño y te despiertas.
Desapareces, huyes, te alejas.
Te doy miedo.

Pero lo mío es más fuerte.
Porque mi miedo es mucho más intenso que el tuyo, es penetrante, profundo.
Se me clava dentro.
Si imagino siquiera que estás cerca, me dan escalofríos.
No quiero olerte en el viento, ni descubrirte en los espejos.
No quiero acordarme de tí, ni leer un libro y que el protagonista tenga, si quiera, el color de tu pelo.
Si andas cerca, contengo la respiración y cierro los ojos y espero que no me veas.
Si me miras, tengo miedo.
Porque luego tiemblo.
Porque me da miedo.